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lunes, 6 de junio de 2011

Canastas contra la pobreza

No pasa un solo día sin que este país me dé alguna lección que jamás olvidaré. Hoy la aprendí en una cancha de baloncesto de un colegio. Hasta allí llegué gracias a Amagoia, mi jefa todoterreno y nuestro faro en Camboya, y Nec, un amigo suyo jemer de origen francés. Éste, desde hace poco más de tres meses, entrena a un grupo de jóvenes del orfanato que la ONG gala PSE (Por la Sonrisa de un Niño) tiene a las afueras de Phnom Penh.

Esta organización, que lleva más de 15 años trabajando denodadamente en el país, nació del tesón y el esfuerzo de dos jubilados franceses, Christian y Marie des Paillères. Éstos, después de dos años instalados en Camboya, donde dirigían un programa de ayuda a la reconstrucción de la enseñanza primaria, llegaron por casualidad una tarde abril de 1995 hasta el basurero de la capital. Por él deambulaban diariamente cientos de niños de la calle que buscaban entre la mugre algo que rapiñar o que poder echarse a la boca. Conmovidos por lo que allí vieron, Christian y Marie decidieron crear una escuela en las cercanías del mismo basurero, donde escolarizar a buena parte de aquellos menores. Un año después veía la luz el primer centro de PSE, levantado merced a la ayuda desinteresada de familiares y amigos franceses de la pareja.

Años más tarde, el proyecto se enfrentó a otro reto todavía si cabe más complejo: saber leer, escribir y contar no era suficiente para salir de la miseria. Hacía falta dar a los niños un oficio. Bajo esa premisa, y para evitar que los chicos tuvieran que volver a hurgar entre la cochambre, PSE creó formaciones profesionales adaptadas a las necesidades de las empresas locales. El programa, que ha tenido que sortear muchos obstáculos y trabas gubernamentales, es hoy una realidad que involucra a más de 4.000 niños camboyanos de distintas edades.

Con una decena de ellos me batí en una cancha agobiante y con miles de mosquitos donde, por culpa de los ‘baches’, había que hacer malabares para controlar el balón. Descalzos, la mayoría, o con botines de segunda mano para compartir, los ilusionados adolescentes atendían expectantes tanto a su entrenador como a un servidor, que trató de dar algunos consejillos aprendidos tras miles de horas frente al televisor y cientos de crónicas escritas para el periódico.

Posiblemente ninguno de estos aprendices de Pau Gasol acabe jugando en la NBA, de la que muchos ni siquiera han oído hablar; tampoco lograrán contratos multimillonarios con los que comprarse coches deportivos y ropa de marca; ni tan siquiera tendrán la oportunidad de ser seguidos por ojeadores que los ofrecerán al mejor postor. Ninguno sueña con algo así. Sólo quieren que llegue rápido mañana para saltar de nuevo a la cancha y lanzar el balón al aro. En el horizonte está su primer partido, que disputarán dentro de dos semanas contra otros jóvenes como ellos de humildes escuelas camboyanas.

No habrá televisión que grabe el evento, ni cheerleaders exuberantes, ni banquillos cómodos, ni marcador electrónico; tampoco equipaciones con números ni nombres grabados a la espalda. Pero habrá vencedores y vencidos, alegrías y decepciones. Habrá llantos y rabia contenida por una derrota que tratarán de vengar en el siguiente encuentro. Habrá un balón, árbitros, chicos a ambos lados de la cancha, el salto inicial y un objetivo común: anotar una decena de canastas contra el peor de los rivales: la pobreza. “I love this game”.

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