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sábado, 16 de julio de 2011

'Cazadores de proyectos'

No van armados, ni sus presas acabarán en una jaula de un parque zoológico. Tampoco adornan sus salones con las cabezas disecadas de sus fieros enemigos, ni pagan miles de euros por un vestuario taimado de verdes y marrones. No, nada de eso. Sus víctimas no se pasean erguidas por ninguna selva, aunque comparten con ellas una voracidad insaciable que no se detiene ante nada ni nadie.

Hablo, por descontado en términos metafóricos, de una especie muy abundante en los mal llamados países subdesarrollados. Son los denominados ‘cazadores de proyectos’, un grupo singular de sujetos que, bajo el paraguas de la cooperación, buscan hasta debajo de las piedras alguna subvención que les permita perpetuar su cómoda existencia.

Dicho así, entiendo y acepto que haya nobles trabajadores de lo social que se puedan dar por aludidos, pero en mi ánimo no está el criticar la encomiable labor de cientos de seres anónimos que cada día ofrecen su ayuda desinteresada a los intocables del planeta. Nada más lejos de la realidad. No seré yo quien cuestione el funcionamiento de las agencias y entidades no gubernamentales, que se desviven por lograr que el tinglado en el que nos ha tocado vivir funcione algo mejor.

Sin embargo, tengo el deber moral y profesional de desenmascarar a ese reducido grupo de vividores, cuya única Biblia es el BOE y su credo el ‘sálvese quien pueda’. Son cooperantes de oficina, buscadores profesionales de subvenciones, a quienes importa un pepino el fin y los medios, con tal de poner su culo a salvo de los recortes gubernamentales. Son expertos en todo y maestros en nada, que lo mismo arreglan un orfanato que evitan la tala de un bosque. Todo vale si con ello consiguen la pasta suficiente como para lograr un año más de vacaciones pagadas en el Tercer Mundo.

La empresa, no obstante, no es fácil, ni tampoco puede llevarla a cabo cualquiera. Hacen falta, al menos, una carrera y un máster para optar a la plaza de turno, conocimientos de lenguas varias y hasta un vestuario acorde con la decrepitud del destino. Luego, también hay que mimetizarse con el entorno y llegar a probar la rica gastronomía local. A partir de ahí, uno ya puede considerarse un verdadero ‘cazador’, listo para saltar sobre codiciadas piezas de millonario valor.

Y una vez agarrado, ya no habrá proyecto que se resista, ni ayuda que se escape. Será una presa más a la que exprimir y sacar hasta el último centavo. Que con ello se llena una página más del currículum y se logra otro sello en el pasaporte, a la espera de un nuevo destino al que dedicar más tiempo de ocio. Atrás quedará el mismo país destrozado y sus muertos de hambre, convertidos en inocentes damnificados de estos Indiana Jones cibernéticos que arreglan el mundo a golpes de ratón.

1 comentario:

DOMIN dijo...

Desgraciadamente nadie controla la actividad de estos personajes, un informe final que justifica la ayuda y listo, en fin...