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domingo, 3 de julio de 2011

El reino de Angkor

Maravilloso, increíble, espectacular, sublime… Y así podría seguir apurando los adjetivos del diccionario, pero ninguno de ellos, ni todos a la vez, podrían describir la inigualable belleza del reino camboyano de Angkor. Considerados por muchos como la octava maravilla del planeta (yo me atrevería a decir incluso que deberían estar algún peldaño por encima), el recinto arqueológico que se abre majestuosamente a pocos kilómetros de la turística Siem Reap, aparece como la fusión perfecta de ambición creativa y devoción espiritual. No en vano, para los hindúes esta zona está considerada como una especie de paraíso en la tierra, la representación terrenal del monte Meru, el Olimpo que habita en el Himalaya y que fue copiado por los reyes jemeres con el objetivo de magnificar lo que hoy es el mayor edificio religioso del mundo.

Con las proporciones épicas de la Gran Muralla china, el detalle y la complejidad del Taj Mahal y el simbolismo y la simetría de las pirámides egipcias, los templos de Angkor son una fuente de inspiración y el orgullo nacional para un país que lucha por olvidar años de horror y traumas. Para ello, en torno a este reino descubierto hace apenas un siglo, se ha generado todo un negocio que es ya el santo y seña de la actual Camboya. Ello, sin embargo, no evita que la corrupción y el pillaje campen a sus anchas por un recinto que se extiende a través de medio centenar de kilómetros y que en su máximo apogeo llegó a contar con una población que rondaba el millón de habitantes. Los templos, sin embargo, permanecieron durante siglos abandonados en la jungla, y todavía ahora son varios los que tratan de sobrevivir a décadas de expoliación y deterioro.

Y es que, con la excepción de Angkor Wat, restaurado por la realeza jemer para su uso como santuario budista en el siglo XVI, los templos quedaron a merced de la naturaleza hasta 1920, cuando se empleó por primera vez en ellos la técnica de la anastilosis. Ésta era el método que los holandeses habían utilizado para restaurar el monumental Borobudur de Java. Explicado de forma sencilla, era una manera de reconstruir edificios usando los materiales originales y manteniendo su estructura primigenia. Así, sólo se permitía el uso de nuevos materiales cuando los originales no se podían encontrar, y en cualquier caso solamente se usaban con discreción.

En este sentido, la primera gran obra de recuperación se realizó en el templo de Banteay Srei, considerado por los historiadores como la joya de la corona de la artesanía angkoriana. Dedicado a Shiva, este edificio de corte hindú, está tallado en piedra de tono rosáceo y contiene algunas de las mejores tallas de roca que se pueden ver en el mundo.

Junto a él, Baphuon se convirtió en el principal desafío de los arqueólogos, que literalmente tuvieron que armar un gigantesco rompecabezas por dos veces, porque todos los registros de la primera fase de la restauración fueron destruidos por los jemeres rojos en la década de los 70. Veinticinco años después, la Unesco reanudó las obras de rehabilitación de un templo cuya estructura central tiene una altura de 43 metros, ya que representa en forma piramidal el honrado monte Meru.

Menos dificultades hubo a la hora de rescatar de la selva al templo de Bayón, quizá el edificio que mejor personifica el genio creativo y el ego hinchado del legendario rey de Camboya, Jayavarman VII. Único e inigualable, es un lugar de pasillos estrechos y precipitados tramos de escaleras, que ascienden hasta una primorosa colección de 54 torres de estilo gótico decoradas con 216 enormes rostros del dios Avalokiteshvara y que se parecen mucho al propio rey, quien con una irónica y enigmática sonrisa recuerda que es capaz de verlo y controlarlo todo.

Bayón, como Preah Palilay, Tep Pranam, Preah Pithu o Prasat Suor, se inscriben en la ciudad fortificada de Angkor Thom, que se extiende por más de 10 kilómetros cuadrados y fue el epicentro de las sangrientas disputas entre los chams y los jemeres hace ahora 13 siglos. El recinto, rodeado por una jayagiri (muralla) de 8 metros de alto y por un jayasindhu (foso) de 100 metros de ancho, es otra representación monumental del monte Meru rodeado por los océanos. Fue construido por el inefable Jayavarman VII, que vivió obsesionado por superar a sus antepasados en tamaño, escala y simetría constructiva.

Estas tres características son, precisamente, las que hacen que Angkor Wat pueda definirse como el padre de todos los templos, un edificio que se eleva hacia el cielo en una deslumbrante mezcla de espiritualidad y simetría (su construcción implicó a 300.000 trabajadores y 6.000 elefantes). Es, sin lugar a dudas, uno de los monumentos más inspirados y espectaculares concebidos por la mente humana, un imperecedero ejemplo de la devoción del hombre por sus deidades.


Desde sus dimensiones espaciales, paralelas a las longitudes de las cuatro épocas del pensamiento clásico hindú, hasta sus fascinantes ornamentos decorativos, Angkor Wat es una réplica del universo espacial en miniatura. Rodeado por un foso de 190 metros de ancho, los bloques de arenisca que lo componen fueron transportados en balsa por el río Siem Reap desde canteras situadas a más de 50 kilómetros de distancia.

Su belleza cautivó incluso a los jemeres rojos, incapaces de dañar sus más de 3.000 apsaras (todas únicas y con 37 peinados diferentes), las ninfas talladas en los muros de Angkor Wat, que representan el poder de la diosa femenina en un mundo pensado por y para los hombres. Éstos, antes y ahora, se siguen rindiendo con devoción mariana ante este apabullante imperio selvático, y peregrinan diariamente hasta allí guiados por una magia que perdurará para siempre.

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