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viernes, 6 de diciembre de 2013

Libertad

Desde que empecé en este apasionante e ingrato mundo del periodismo, hace ahora casi 16 años, siempre soñé con poder entrevistar a tres personajes históricos que entonces, a finales de los 90, se encontraban en el epicentro de la información mundial. Del primero de ellos, el papa Juan Pablo II, me atraía aquella parte de su vida anterior a la eclesiástica, en la que, fichado por la Gestapo, se tuvo que refugiar en una buhardilla de Cracovia para evitar que lo deportaran a Alemania. Me habría encantado poder preguntarle por aquel grupo de jóvenes católicos que pretendían resistir, tanto de forma pacífica como de acción (ayudando directamente a los judíos o haciendo uso de la violencia), a la ocupación nazi. Y de cómo eso lo obligó a pasar una larga temporada oculto en los subterráneos del arzobispado, donde, a pesar de los bombardeos, siguió cultivando su afición por el teatro y el ajedrez.

De todo eso y muchas más cosas me habría gustado conversar con Karol Józef Wojtyła, que hizo de la libertad la bandera de un convulso pontificado, que incluso estuvo a punto de costarle la vida. Algo similar le ocurrió en su etapa universitaria al otro personaje con el que siempre quise tener un cara a cara periodístico, el comandante Fidel Castro. Postulados políticos aparte, de Castro me intrigó ese afán autodidacta por superarse, por demostrar a su propia familia que las cosas podían cambiar en esa isla infinita que llegó a cuestionar la todopoderosa supremacía estadounidense. Le habría preguntado por la Operación Verano y la batalla de Santa Clara, por el Che y por Batista, por Nixon y Bahía de Cochinos. Seguro habría tenido que cambiar las pilas de mi grabadora en varias ocasiones, y quizá apagarla en momentos puntuales, pero habría aprendido esa otra cara de una libertad que quizá muchos no comprenden.

Ese mismo camino hacia la libertad que un día emprendió Nelson Mandela, frente al que ya no me podré sentar en Ciudad del Cabo. Su muerte deja un poco más huérfana la historia que siempre quise contar, aunque simboliza el triunfo del sacrificio por un ideal, más allá de razas y colores de piel. Con él habría dialogado del factor humano que venció el apartheid; de rugby y de música; de los guetos, de Botha, De Klerk y Kobie Coetsee; de aquella cárcel de Robben Island en la que siempre fue un hombre libre; de cómo se puede soñar con una utopía y convertirla en realidad. Descanse en paz.

Foto: Charles Platiau (Reuters)

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